ENTRE LA HERIDA Y EL BANQUETE


 

ENTRE LA HERIDA Y EL BANQUETE

 

Por José Iván Cardona Gómez

Capítulo I: Los abuelos heridos

Aquí empieza la herida: los abuelos, guardianes del silencio.

Los abuelos cargaban cicatrices invisibles. No eran solo las heridas del trabajo en el campo o de la pobreza, sino las marcas de un país desgarrado. Durante el período de La Violencia, en los años cuarenta y cincuenta, el abuelo de José había visto cómo incendiaban casas enteras en su vereda y cómo los hombres eran arrastrados por grupos armados solo por pertenecer al partido contrario. Una tarde, mientras caminaba con su padre, escuchó disparos y vio caer a un vecino que nunca había hecho daño a nadie. Esa imagen lo acompañó toda la vida, como un recordatorio de que en Colombia la política podía convertirse en sentencia de muerte.

La abuela apagó la lámpara de petróleo y susurró: —¡Silencio! No hagan ruido.

El silencio no era solo ausencia, era cuerpo que respiraba. Oscuridad que abraza. Corazón en la mano. La herida respira.

Los niños se miraron entre sí, con los ojos abiertos como platos. Afuera, los perros ladraban y un disparo lejano rompió la noche. La abuela los abrazó fuerte, como si pudiera esconderlos en su pecho.

—¿Por qué tenemos que apagar la luz, abuela? —preguntó el más pequeño, con voz temblorosa. —Porque si nos ven, pueden venir por nosotros —respondió ella, con un hilo de voz.

El silencio se volvió pesado, casi físico. Los niños escuchaban su propio corazón golpearles el pecho. La abuela pensó: “Crecer en este país es aprender a respirar con el corazón en la mano.”

En ese instante, un carro pasó despacio por la carretera. Todos contuvieron la respiración. Cuando el motor se alejó, la abuela encendió la vela y dijo: —Ya pasó. Pero recuerden: la oscuridad también puede ser refugio.

Ese miedo no era solo colombiano: en cualquier tierra marcada por la guerra, los niños aprenden a vivir con el corazón en la mano. La oscuridad de las noches rurales se parecía a la de tantas familias en el mundo que han debido esconderse para sobrevivir.

Los abuelos hablaban poco de esas experiencias, pero su silencio era más elocuente que cualquier relato. En sus gestos, en sus miradas, se transmitía la memoria de un país que nunca había aprendido a reconciliarse consigo mismo.

Para los nietos, esas historias eran símbolos de una herida que no se cerraba. La violencia de los años cincuenta se había transformado en nuevas formas de guerra, pero la raíz era la misma: un país que repetía sus errores, que heredaba el miedo y el resentimiento como si fueran parte de la sangre.

Ese silencio sería semilla en los hijos, una herencia que no se podía borrar.

Capítulo II: Los padres

Del silencio de los abuelos nacen los padres: uno disciplinado, otro errante.

José, el vigilante, cargaba desde niño con una herida eterna. Su padrastro lo obligó a caminar sobre brasas, y desde entonces su tobillo nunca cicatrizó. Esa llaga fue su cruz, un recordatorio de que la infancia en Colombia podía ser un campo de trampas. Convertirse en guardia de banco fue su manera de imponer orden al caos. Pulcro, disciplinado, rezaba el rosario varias veces al día, buscando en las cuentas de las oraciones una calma que la herida no le daba. Su vida era rutina, precisión, silencio.

A veces, en medio de la rutina del banco, José se sorprendía mirando las manos de los clientes. Imaginaba qué heridas escondían, y entonces su propia disciplina se le antojaba un disfraz demasiado rígido.

Cada noche, antes de dormir, José se detenía a mirar su tobillo marcado. No rezaba entonces: solo tocaba la herida, como si quisiera comprobar que aún era suya. En esos segundos, el guardia disciplinado se convertía en un niño que aún buscaba consuelo.

En contraste, Andrés —el padre de Flor y suegro de José— había sido un músico errante, un hombre que nunca quiso ser sastre ni padre. Recorrió pueblos con su tiple y su licor, dejando hijos dispersos como semillas al viento. Su vida fue desordenada, marcada por la improvisación y el abandono. Aunque ya era anciano cuando José trabajaba en el banco, su sombra seguía presente en la memoria familiar. José representaba el orden, la disciplina y el intento de redención; Andrés, el caos, la dispersión y la herida abierta de un país que se desangra en abandono.

En las madrugadas, Andrés afinaba su tiple con una paciencia que contrastaba con su vida errante. Ese gesto era su única disciplina, como si la música fuera la única parte de sí mismo que no había abandonado.

Guardaba un pañuelo viejo en el bolsillo, recuerdo de una mujer que lo había amado. Cada vez que afinaba el tiple, Andrés sentía que la música lo salvaba. Pero al terminar, el silencio le recordaba que no tenía hogar ni raíces.

Flor, esposa de José, había nacido entre las grietas de la pobreza. Nunca conoció un milagro, y por eso decidió no gastar su vida en rezos. Su incredulidad no era desdén, sino escudo: prefería no esperar nada antes que sufrir la herida de la decepción. Sin embargo, en las noches de cocina, cuando el fuego iluminaba los rostros de sus hijos, les compartía su visión de la muerte: “Imaginen que la muerte es un festín inmenso, servido con todos los sabores que amaron en vida. Quien se entrega con glotonería, sin alzar la mirada, se queda allí hasta estallar. Pero quien prueba con calma, uno a uno los manjares, y sigue su camino, alcanza la plenitud, aquello que llaman cielo”.

José escuchaba esas palabras con inquietud. Una noche, mientras Flor apagaba las velas, le confesó: —Me preocupa el futuro de nuestros hijos varones. ¿Y si están condenados a repetir los errores de los hombres que nos rodean? Flor lo miró con una mezcla de dureza y ternura. —No todos los hombres están condenados, José. Nuestros hijos aún pueden encontrar su propio camino.

Flor, con su relato del banquete, dejó una herencia que sus hijas transformarían.

Capítulo III: Las hijas heridas

De los padres disciplinados y errantes nacen las hijas, entre cuidados y ternuras.

Rosalba y Alma crecieron protegidas del hambre, pero no de las tensiones invisibles. En su infancia, las noches de apagón eran momentos de silencio forzado. Flor encendía una vela y reunía a sus hijos en la cocina. Allí, con voz serena, les hablaba del banquete de la muerte.

Flor encendió la vela en la cocina. La llama iluminó los rostros de Rosalba y Alma, que se miraban con curiosidad. El olor de la papa hervida llenaba el aire.

La vela tiembla, la papa rueda, el silencio late.

—Imaginen que la muerte es como un gran banquete —dijo Flor, removiendo la olla con calma—. Una mesa servida con los alimentos que más amamos.

Rosalba frunció el ceño. —¿Y si uno se queda comiendo sin levantar la mirada? —preguntó. Flor la miró con seriedad. —Entonces se queda atrapado allí para siempre.

Alma, con los ojos brillantes, intervino: —Pero también puede ser hermoso, mamá. ¿No es mejor pensar que la muerte nos recibe con lo que más queremos?

Rosalba negó con la cabeza. —No, Alma. Es una advertencia. Si nos distraemos, perdemos el cielo.

La vela tembló, como si respondiera a la tensión entre las hermanas. Flor suspiró y apagó el fuego de la estufa. —Cada una verá el banquete a su manera. Lo importante es que no olviden que la vida también se sirve en esta mesa.

El silencio se instaló por un momento, hasta que Alma acarició la mano de Rosalba. —La fe también puede ser esperar —susurró.

Rosalba retiró la mano, pero en su mirada había un destello de ternura. La vela seguía encendida, iluminando la cocina como si fuera un altar.

A veces, mientras su hija dormía, Rosalba acariciaba su cabello con suavidad. Luego retiraba la mano bruscamente, como si la ternura fuera una traición a su muro. En su pecho, la vigilancia y el amor se peleaban en silencio.

Al escuchar la risa de su hija, Rosalba sentía un pinchazo de culpa. ¿Y si su vigilancia era demasiada? ¿Y si la ternura que reprimía era la verdadera protección?

Capítulo IV: Los nietos dispersos

De las hijas vigilantes y esperanzadas nacen los nietos, cada uno con su propia herida.

Juan soñaba con ser músico y filósofo, pero terminó atrapado en profesiones sin futuro. Su idealismo sofocado era reflejo de un país que niega oportunidades. En el fondo, Juan escribía porque sentía que las palabras eran la única forma de ordenar el caos: cada cuaderno era un mapa secreto para sobrevivir a la herida heredada.

Una tarde, Juan abrió su cuaderno en el balcón. Escribía frases sueltas, como si fueran mapas de escape. Cerró los ojos y pensó: ‘¿Y si mi escritura no salva a nadie, ni siquiera a mí? ¿Y si escribir es otra forma de silencio?’ Juan cerraba el cuaderno y pensaba: sus palabras eran mapas, pero también podían ser jaulas.

David llegó con la guitarra colgada al hombro y se sentó a su lado.

—¿Qué escribes ahora? —preguntó David, afinando una cuerda. —Intento entender si soy libre o si mi sangre ya decidió por —respondió Juan, sin levantar la vista.

David sonrió al improvisar un acorde, pero en el fondo temía que su vida fuera igual: una improvisación sin rumbo. A veces pensaba que la música lo salvaba del silencio, pero también lo condenaba a no tener raíces.

Juan lo miró con cierta ironía. —¿Y no te cansa improvisar siempre? —No. Me cansa el silencio. La guitarra me recuerda que todavía puedo estar acompañado.

El viento movió las páginas del cuaderno y las cuerdas de la guitarra vibraron al mismo tiempo. Por un instante, los símbolos se encontraron: escritura y música, raíz y aire.

—A veces siento que ser hombre es como cargar con un demonio invisible —dijo Juan, cerrando el cuaderno. —Nuestra madre y la tía Rosalba siempre desconfiaron de nosotros —respondió David, bajando la guitarra.

El viento parecía llevarse sus palabras, como si la ciudad entera escuchara ese secreto compartido. Por primera vez, los hermanos nombraban la herencia, y al hacerlo, empezaban a exorcizarla.

Entre cuadernos y canciones, los hermanos crecían como dos ramas de un mismo árbol.

Capítulo V: Los símbolos de la herida

Cada símbolo volvía, como si la familia estuviera atrapada en un ciclo sin fin.

En cada esquina de la historia familiar, los motivos alegóricos resplandecían como constelaciones en la noche. La papa, humilde y terrenal, no era solo alimento: era el cordón umbilical entre campo y ciudad, entre hambre y esperanza.

Una noche de apagón, la abuela entró a la cocina con paso rápido. —¡Apaguen todo! —ordenó, mientras cerraba las cortinas.

Los niños se quedaron quietos, con los ojos abiertos en la oscuridad. Afuera se escuchaban disparos lejanos y el ladrido de los perros. La abuela encendió una vela y colocó una papa sobre la mesa.

—Miren —dijo, con voz firme—. Aunque todo se apague, siempre habrá algo que nos sostenga.

La abuela encendió la vela y, junto a la papa, dejó un pañuelo blanco sobre la mesa. ‘Este es el símbolo de quienes esperan a los ausentes’, dijo. Los niños lo miraron como si fuera un estandarte silencioso.

Los niños masticaron en silencio, sintiendo que aquella papa era más que alimento: era símbolo de supervivencia. La vela temblaba, y en su luz la abuela pensó: “Cada generación carga su propia sombra, pero también su propia manera de resistirla.”

El silencio se volvió pesado, hasta que la abuela partió la papa en trozos y los repartió. —Coman despacio. Cada bocado es fuerza. Cada apagón es prueba.

Capítulo VI: El círculo de la herida

Cada época tiene su lucha, pero la herida no es condena: es memoria que puede transformarse.

Juan escribía en su cuaderno que la herida no era destino, sino memoria. Recordaba los años ochenta y noventa, cuando el país se desangraba entre el narcotráfico y la guerra. En sus páginas aparecían las marchas estudiantiles, los grafitis en las paredes de Bogotá, las voces que pedían justicia mientras los carteles imponían su ley con balas y miedo.

Una tarde de protesta, Juan caminaba junto a Camila por la Séptima en Bogotá. El aire estaba lleno de humo de pólvora y olor a pintura fresca de los grafitis. El ruido metálico de las cacerolas se mezclaba con las guitarras y los cuadernos. Cada golpe era un latido que unía a la ciudad con la memoria del campo.

—Escucha —dijo Camila, levantando su cacerola—. Cada golpe es un grito contra la indiferencia. Juan apretó su cuaderno contra el pecho. —Yo escribo lo que ustedes gritan. Pero me pregunto si sirve de algo. Camila lo miró con firmeza. —Sirve, Juan. La memoria no es solo tuya, es del país. Si no la escribes, los fantasmas seguirán callados.

Un grupo de estudiantes pasó corriendo, perseguidos por la policía. El ruido de las cacerolas se volvió más fuerte, como si la multitud quisiera protegerlos con sonido. Juan abrió su cuaderno y anotó: “Cada golpe de metal es un latido de futuro.”

Camila sonrió. —¿Ves? Ya no escribes solo para ti. Escribir también es marchar.

Camila levantó la cacerola y añadió: —No olvides, Juan, que la escritura sin acción se convierte en silencio. Yo marcho porque quiero que mis hijos tengan un país distinto. Tú escribes porque quieres que la herida se recuerde. Juntos podemos transformar la memoria en futuro.

El viento levantó las hojas del cuaderno y el eco de las cacerolas se extendió por la avenida. Juan comprendió que sus palabras eran parte de ese coro, que la herida podía transformarse en memoria compartida.

El círculo de la herida no es condena, es posibilidad de transformación.

Capítulo VII: Los ausentes que hablan

Los ausentes no callan: hablan en el deseo, en la soledad, en la memoria.

Juan y David caminaban por la ciudad como dos ramas de un mismo árbol, cada uno buscando su manera de sostenerse. En sus vidas amorosas, el eco de los ausentes aparecía como una sombra que los acompañaba.

David salió de un bar con Lucía, riendo todavía por una canción improvisada. —Tu abuelo estaría orgulloso de ti —dijo ella, mientras caminaban por la calle iluminada. David levantó la guitarra y sonrió. —A veces lo siento cerca, como si me dijera que el cuerpo es un mapa que se recorre con pasión.

Lucía lo miró con seriedad. —¿Nunca pensaste si era justo traer hijos a este país? David bajó la voz. —Claro que sí. A veces pienso que los condené a repetir mi dispersión. Lucía lo tomó del brazo y lo obligó a mirarla: —No hables de condena, habla de posibilidad. La vida no es solo herida, también es fiesta. Si cantas, si amas, si crías, ya estás resistiendo.

Mientras tanto, Juan cenaba en silencio con su pareja. La mujer lo observaba con paciencia. —¿Por qué siempre dudas de mí? —preguntó ella. Juan bajó la mirada. —Porque siento que dentro de ti hay un demonio heredado. Es mi miedo, no tu culpa.

En ese instante, recordó a Flor en la cocina, con el vapor de las papas hervidas: “La unión se sostiene en la disciplina, hijo, en el trabajo fuerte.” La voz de su abuela se mezclaba con la de su pareja, como si los ausentes hablaran a través de los vivos.

Cada golpe de metal es un latido de futuro.

Esa misma semana, los hermanos marcharon juntos. El ruido de las cacerolas llenaba la avenida. Juan escuchó voces espectrales: campesinos desplazados, estudiantes asesinados, líderes comunitarios silenciados. —No olviden que estamos aquí —parecía decir el coro invisible—. La patria se construye también con nuestros cuerpos ausentes.

David golpeó su cacerola con fuerza, y Juan escribió en su cuaderno: “Los ausentes que hablan no son condena: son resistencia que se encarna en cada gesto.”

Capítulo VIII: El manifiesto de Rosalba

Ser madre en este país es vigilar cada mirada.

Rosalba se sentó sola en la cocina, con la vela encendida como única compañía. Su hija dormía en el cuarto contiguo, y ella escribía en un cuaderno que no era diario ni carta: era un manifiesto.

Su pensamiento se endureció, y lo que era confesión se transformó en discurso "No es ternura lo que me sostiene, es vigilancia. Cada hombre que pasa por la calle es un depredador en potencia. Cada mirada hacia mi hija es una amenaza. Yo debo ser muro, aunque me llamen cruel, aunque me acusen de desconfiada."

Rosalba escuchó golpes de cacerolas en la calle. Era Camila, la vecina, que marchaba con las madres del barrio. Su voz se mezclaba con la suya: ‘Cada muro que levantamos es también política’. Rosalba apretó la pluma, sintiendo que su manifiesto no estaba solo.

Recordaba las noches de apagón de su infancia, cuando Flor hablaba del banquete de la muerte. Para ella, esas palabras no eran consuelo, sino advertencia: “Si uno se queda comiendo sin levantar la mirada, se queda atrapado para siempre.” Rosalba había decidido levantar la mirada, vigilar, desconfiar.

Soy muro. Soy ternura. Soy memoria.

"Nosotras siempre hemos cargado con la doble batalla: la del hogar y la de la calle. Nadie nos reconoce como voz política, pero cada gesto de protección es política. Cada muro que levanto es resistencia. Si nos callamos, nos matan dos veces: como mujeres y como pueblo."

Su tono era duro, casi panfletario. No escribía para consolar, sino para denunciar. Pensaba en las vecinas golpeadas, en las amigas que marchaban contra la injusticia, en las madres que enterraban hijos sin rostro.

"¿Y si nunca debimos ser madres? ¿Y si traer hijos a este país fue un error? No lo sé. Pero mi hija existe, y ella es mi tesoro. No puedo arriesgarme. La maternidad aquí no es dulzura, es trinchera. Yo vigilo porque nadie más lo hará."

La vela seguía encendida, iluminando sus palabras como si fueran sentencia. Rosalba sabía que su manifiesto no sería leído por nadie, pero escribirlo era un acto de resistencia íntima.

"Ser mujer en Colombia es cargar con la doble batalla. Yo no elegí esta guerra, pero la peleo cada día. Mi hija no entenderá todavía, pero algún día sabrá que su madre fue muro, y que ese muro también fue amor."

Capítulo IX: El manifiesto de Alma

La ternura es mi rebelión.

Alma encendió una vela en la cocina, como tantas veces lo había hecho su madre. La llama temblaba, pero no se apagaba. Frente a ella, un cuaderno abierto esperaba palabras que no fueran queja ni denuncia, sino confesión íntima.

"He vivido decepciones, he amado hombres que no supieron sostenerme, he cargado con la pobreza y con la soledad. Pero cuando acaricio la cabeza de mis hijos, siento que aún hay esperanza. Si ellos pueden ser distintos, quizás yo también pueda creer que el mundo cambia."

Soy muro. Soy ternura. Soy memoria. La vigilancia es mi escudo. La ternura mi rebelión. La fe mi resistencia.

Para Alma, la maternidad no era condena, sino posibilidad. La fe, aunque frágil, se convertía en acto de resistencia. No era una fe ingenua, sino consciente: sabía que la violencia y el abandono estaban cerca, pero elegía creer en la ternura como fuerza transformadora.

"Nosotras siempre hemos cargado con la doble batalla: la del hogar y la de la calle. Pero yo digo que también cargamos con la batalla de la esperanza. La vela encendida es mi símbolo: pequeña, vulnerable, pero capaz de iluminar la oscuridad."

Recordaba las reuniones secretas de mujeres en los años setenta, cuando hablaban de derechos y de igualdad. Allí aprendió que la voz femenina no debía ser susurro, sino canto. Su canto era distinto al de Rosalba: no era vigilancia, era confianza.

"Si condenamos a los hombres desde niños, nunca tendrán oportunidad de cambiar. Yo no quiero repetir la herida, quiero abrir una ventana. La ternura es mi manera de resistir, la fe mi manera de no rendirme."

La vela seguía ardiendo, iluminando sus palabras como si fueran oración. Alma sabía que su manifiesto no sería leído por nadie, pero escribirlo era un acto de esperanza íntima.

"Ser mujer en Colombia es cargar con la doble batalla, sí. Pero también es sostener la vida, aunque el país se caiga a pedazos. Yo no elegí esta guerra, pero peleo con ternura. Y esa ternura también es política."

Alma acariciaba a sus hijos con ternura, pero en secreto deseaba descansar de tanta esperanza. La ternura era su fuerza, y a la vez su cansancio.

Alma, agotada, golpeaba la mesa con frustración. Había noches en que deseaba gritar, romper la vela en dos. Pero al ver a sus hijos dormir, la rabia se disolvía en un suspiro, y volvía a creer que la ternura era su única rebelión posible.

Alma levantó la vela y pensó en la ternura como rebelión. En ese instante, Lucía entró con una guitarra en la mano y una sonrisa luminosa: ‘La esperanza también se canta, Alma. No todo es una herida, también hay fiesta’. Alma sonrió, comprendiendo que su cuaderno podía ser oración y también canción.

Capítulo X: El coro de los fantasmas

Los fantasmas no son eco: son voces que reclaman memoria.

La plaza estaba llena de humo y de pasos. Juan y David avanzaban entre la multitud, pero pronto comprendieron que no marchaban solos. De las sombras surgieron figuras espectrales, cada una con un símbolo en las manos.

Nombres que no callan, gestos que regresan, símbolos que arden.

Don Efraín, campesino de manos agrietadas, se acercó a Juan con una semilla de maíz en la palma. ‘Escribe mi nombre, muchacho. Nadie lo recuerda, pero yo también sembré futuro en esta tierra’. Juan apretó su cuaderno contra el pecho. —Si tu palabra nos nombra, seguimos vivos —añadió el fantasma, dejando caer un puñado de tierra sobre las páginas.

David escuchó un acorde invisible. Julián, estudiante de filosofía, apareció con un cuaderno manchado de sangre. ‘Cántanos, profesor. Tu guitarra puede ser puente para los que ya no tenemos voz’. David levantó la guitarra y tocó un acorde. El fantasma sonrió, y su herida del pecho se iluminó.

De pronto, María Teresa, madre con pañuelo blanco, tomó la mano de Alma. ‘No olviden que estamos aquí. La memoria no aparece solo en silencio, también en compañía’. Rosalba la miró con desconfianza, pero la vela que llevaba en la mano iluminó sus rostros como si fueran parte de la misma familia.

Los fantasmas se reunieron en círculo: campesinos desplazados, estudiantes asesinados, líderes comunitarios desaparecidos. Cada uno levantó un símbolo —tierra, bala, pañuelo, guitarra, cuaderno— y hablaron en coro: —La patria se construye también con nuestros cuerpos ausentes.

Los ausentes hablan, no son condena, son constelación.

Juan escribió en su cuaderno: “Los fantasmas no son condena, son resistencia que exige memoria.” David respondió con música, Camila apareció entre los fantasmas, golpeando su cacerola con fuerza. —Yo también soy parte de este coro —gritó—. No soy espectro, soy cuerpo vivo que exige justicia.

Lucía, desde el otro extremo, levantó la guitarra de David y la hizo sonar como celebración. —Y yo digo que la memoria también se canta con alegría. No todo es dolor: la vida merece ser celebrada.

El coro de los fantasmas no calla: se convierte en constelación de memoria.

Epílogo

La herida no se borra, pero puede transformarse en memoria compartida.

En la mesa brillaban los símbolos: Papa raíz. Vela refugio. Cuaderno memoria. Guitarra celebración. Cacerola resistencia. Pañuelo justicia.

Cada uno es herido, cada uno es banquete, todos juntos memoria compartida.

Los ausentes estaban allí: José con su rosario, Andrés con su música errante, Rosalba con su vigilancia, Alma con su ternura.

Flor habló como mediadora: —La vida es banquete, pero también herida. La vigilancia sostiene, la ternura salva. Entre las dos se abre el camino hacia la plenitud.

Camila levantó la cacerola: —Que este ruido metálico sea nuestra bandera. Lucía acarició la guitarra: —Que cada acorde sea también canto.

El silencio de los abuelos, la disciplina de los padres, la resistencia de las hijas, la dispersión de los nietos, se reunían en un mismo coro. No eran condena, eran constelación.

Los fantasmas también hablaban: campesinos desplazados, estudiantes asesinados, madres con pañuelos blancos. Sus voces se unían al canto de los vivos: “No olviden que estamos aquí. La patria se construye también con nuestra ausencia.”

Juan escribió en su cuaderno: “La herida no es destino, es memoria. Y la memoria puede transformarse en futuro.”

David acompañó esas palabras con un acorde alegre, como si la música pudiera sostenerlas en el aire.

La vela permanecía encendida. En su resplandor se revelaba que la herida, aunque perpetua, podía transfigurarse en signo.

Papa, vela, cuaderno, guitarra, cacerola, pañuelo: todos juntos memoria compartida. Entre la herida y el banquete, la familia encontró su lugar en la memoria del país.

Comentarios